Sobre enero

Esto es: ,

El sol de enero


Enero y su ola de calor. Enero, el mes de la ropa pegada al cuerpo, de la nuca transpirada, del pelo que molesta, de buscar sombra sin suerte en una ciudad deforestada.

Qué entretenido observar la cara de la gente cuando sube al colectivo. Una cara como suplicante, entre una sonrisita de "por fin llegaste" y una insoportable opresión. Del calor de enero.

Tres pasitos hasta apoyar la tarjeta se hacen mucho y cuestan. Mientras el de abajo ruega, sin decirlo, que se apure, que afuera está el infierno.

Así van subiendo las caras suplicantes-sonrisitas-opresión que buscan lugar para sentarse (si hay) del lado que dé la sombra. Y que no dudarán en volver a cambiar (si pueden) en caso de que al sol se le ocurra cambiar.

La cara de la gente que sube al colectivo, piensa y escribe la que tiene cara, subió hace dos paradas con una botella de agua semivacía y caliente al colectivo, y que (está casi segura) también es gente.

La cara de nosotros y nosotras en enero. Las conversaciones de enero. La plancha de enero. Las vacaciones de enero. Los que se quedan en enero. Las birras de enero. La ola de calor de enero. Las noticias de enero.

La tapa de los diarios con la gente en el río. La tapa de los diarios con la gente en Las Grutas. La tapa de los diarios con la gente en cualquier playa.

Los consejos de los médicos para evitar los golpes de calor. Las notas sobre los consejos de los médicos para evitar los golpes de calor. La apertura del noticiero con el tema de Calamaro. La actualización de la radio con la temperatura de enero.

El vacío de enero. Las licencias de los funcionarios en enero. El río en enero. El silencio de los redoblantes en enero. Lo previsible de enero.

Las noticias de enero, piensa y escribe -ya bajo el colectivo, con otra cara y el ventilador andando- un posteo para su blog sobre enero. Para no ser menos.


Elegir el Nunca Más

Esto es: ,



"Todo en concurso real", dice el juez y toma un sorbo de agua. Va a ser uno de varios más. Como si la injusticia fuera un trago difícil de pasar, o de leer.

Lo es.

- Viste, y nos decían locos por putear contra el tribunal en el juicio. Ahora ven...

En el salón verde de AMUC se quedó el "Nunca Más" atragantado en las tripas. Porque ocho meses de debate oral y público para juzgar a los responsables de crímenes de lesa humanidad en Neuquén y Río Negro terminaron con ocho absoluciones y trece imputados con penas menores. Con un llanto desconsolado. Con una defensora sonriendo de costado. Con insultos de víctimas a grito pelado. Con miradas cansadas. Con cuatro huevazos en la puerta del tribunal.

"Esta es una justicia de clase", dijo Lolín y qué dudas quedan. Si los "caballeros" cumplirán condenas en sus casas, y otro puñado quedará libre.

Un defensor se levanta en medio del veredicto y sale a hablar por teléfono. Una casi podría imaginarse el llamado: "zafaste, viejo". Si después hasta se confesó contento "como perro con dos colas" por la absolución de su representado.

Aquí el Tribunal Oral Federal integrado por Orlando Coscia, Eugenio Krom y Mariano Lozano dio su veredicto, que podría traducirse así: que no hubo un plan sistemático, que no hubo genocidio, que hubo testigos que podrían no haber dicho la verdad y por ello deben ser investigados por falso testimonio, y que los policías de Río Negro no tuvieron nada o casi nada que ver con el terrorismo de Estado. Sus condenas fueron por asociación ilícita, privación ilegal de la libertad y aplicación de tormentos, en algunos casos agravada por ser el resultado "la muerte de la persona". Ni más ni menos.

¿Y ahora?

Y ahora.

Lo mismo. Marchar otra vez, repetir las consignas, sostener la mirada, levantar el mentón. Ese que no pudo sostener el presidente del cuerpo, entre sorbo y sorbo, mientras leía casi con desinterés -o incomodidad- aquel fallo histórico.

"No importa si es un año, cinco, diez o cincuenta", dijo Oscar Ragni y algunas y algunos no estamos tan convencidos. Pero decretar el fracaso del juicio sería pisotear el esfuerzo de los testigos, la reconstrucción de la memoria. Sería pensar que la única verdad es la verdad jurídica y sabemos que no. Aquí la verdad es histórica y la cuentan quienes la sobrevivieron.

Al menos, aquella en que elegimos creer.


+ sobre el juicio Escuelita II


Cacerolazos de otro Neuquén

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- ¿Y ahora qué hacés? - le preguntó el hombre; mediana edad, mediano status.

El otro mira alrededor, evalúa. Se va a ir. La mayoría de los antes concentrados ya enfilan la Avenida Argentina para marchar, pero él se queda. Hizo un poco de ruido, acompañó de pie frente al monumento. Hora de volver.

Un par de mujeres también se quedaron. No llevan cacerolas en sus manos. Cuando la multitud se empieza a dispersar eligen un banco -una estructura de cemento, en realidad- y se sientan a conversar, divertidas. Todavía descansan sus lentes de sol en la cabeza.

Clin, clin, clin. Algunas son cacerolas, pero hay una mantequera y un par de anillos sonando contra los postes metálicos de luz.

- ¿Por qué es la marcha?
- Contra Cristina
- ¿Contra qué de Cristina?
- Contra su dictadura; este gobierno se parece cada vez más a una dictadura.

La joven quizás no se enteró que unas diez cuadras más arriba, en el Salón Verde de Amuc, desde el 28 de marzo y hasta el 11 de septiembre, decenas de testigos se ocuparon de describir dolorosa y detalladamente lo que fue una dictadura. La última que sufrió el país.

- ¿Esta es la marcha contra el gobierno?
- Sí: contra la corrupción, la inseguridad y la falta de libertades
- ¿Qué libertades?
- De hacer lo que queramos con nuestras cosas, como comprar dólares.

Entre las cabezas asoma un cartel: "CRISTINA NO TE VAYAS CON CHAVEZ. ANDATE CONCHUDA".

Enfrente, el general San Martín muere de vergüenza. Un poco más adelante, la catedral que supo alojar a uno de los luchadores más grandes de Neuquén, Don Jaime de Nevares, también. "Dejen abiertas las puertas de la Catedral que alguien vendrá a refugiarse", reza el cartel que recuerda su frase del 23 de marzo de 1976. Cuando se avecinaba lo peor.

¿Dónde estarían ellos cuando reprimían trabajadores en Salta? ¿Oyeron del asesinato al militante jujeño, la semana pasada? ¿Saben que en esta provincia hay más de 1400 causas judiciales contra protestas sociales? ¿Que quedan miles de estómagos sin alimentar?

Si con algo puede sacar pecho Neuquén es con su capital político. Su reputación de capital de los Derechos Humanos se la forjó con sus manifestaciones en el corazón de la ciudad, su avenida gastada por el paso firme de las marchas, sus gritos de justicia irrumpiendo en las paredes, haciéndose lugar en las veredas. Sus cuadros indiscutibles: Inés, Lolín, Don Jaime, Fasinpat y tantos más.

Esta noche de jueves todo es distinto. La desesperación de mirar hacia los lados y chocar con egoísmos.

Un poco más acá, una señora arría su caniche de prolijos rulos blancos y sigue camino. Se va a marchar por seguridad. Bajo de sus pies queda un stencil de Matías.





Presente continuo

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- ¿Y quién lo tapa?- dice la mujer, curiosa, al doblar la esquina de Yrigoyen y San Martín.
- Y... el intendente- le responde el hombre a su lado.

La conversación sigue su curso lejos de los oídos de esta observadora, pero ese primer verbo queda resonando. No el verbo en sí, sino su conjugación.

La mujer dice "tapa", en presente. No utiliza el pretérito perfecto simple porque hacerlo implicaría dar por terminado el asunto: él tapó, ellos destaparon. No. El presente indica que eso está pasando ahora: él tapa, ellos destapan. Las veces que sea necesario.

La pareja en cuestión -el lector o lectora local ya se habrá dado cuenta- se refiere al anfiteatro de Neuquén. Ese que por "abandonado", "covacha" y "aguantadero" fue enterrado por las topadoras amarillas que dominan la escena política municipal. Lo que no gusta, lo que molesta, lo que no es negocio, lo que es verde termina derribado por las máquinas que se llevan puesta más de una ordenanza en el camino.

Son casi las 20, es agosto y hace frío. En frente de la farmacia de una de las familias más poderosas de Neuquén todavía hay palas y hay música. Hay guirnaldas de colores. Como la señora que preguntó en presente, muchos más que pasan miran a los desenterradores con curiosidad como si formaran parte del city tour de la ciudad. Un pedacito de los '60 lleno de amor, arte y buenas intenciones.

El viejo anfiteatro de Neuquén se tapó para construir un estacionamiento primero, hacer un "espacio público despejado" después y reemplazarlo por un anfiteatro nuevo, por último. Aplausos y ovación de pie: destruir para construir. Capitalismo para principiantes.

Son cuestiones que parece que aquí y nada más que aquí pueden pasar. Que 11.158 usuarios de Facebook apoyen el desentierro, cientos de personas trabajen durante tres meses para lograrlo, y que, un lunes por la madrugada, un par de máquinas reviertan todo a cero. Y que los cientos vuelvan a empezar.

Neuquén da para todo. Para el grueso petrolero que sale a pasear al shopping de J.J. Lastra y para los hippies que desentierran con palas una fosa de 1,29 metros de profundidad. Para las pantallas leds iluminando la miseria, para los móviles policiales 0 km disfrazados de plan de seguridad, para los heladeros peleando por un pedacito más de mercado. Para las fábricas recuperadas, los juicios históricos y las torturas en las cárceles. Para pornofuncionarios, funcionarias hot y bigotes haciendo campaña en los paredones. Para anfiteatros tapados y destapados dos veces.

Neuquén será la ciudad del millón de habitantes, fue la puerta de la Patagonia y es la ciudad que motiva. La del millón de problemas.

Bienvenidxs.

Foto de Emiliano Ortiz en Recuperemos el anfiteatro del Parque Central









De la velocidad selectiva de las horas

Esto es:



Pasa los sábados, pasa los domingos. Pasa en la semana. Pasa siempre que no querés que pase. Son las horas que se instalan, se detienen, ralentizan. Se amodorran sin preguntar, sin reparar en la urgencia de quienes las miramos, ansiosas, esperando verlas avanzar.

“El tiempo vuela cuando te divertís”, dicen. Y ese mismo tiempo se detiene a tomar mate, echarse una siesta y leer una novela cuando la estás pasando mal. Cuando las mirás porque las necesitás en un número determinado y ellas siguen ahí, quietas.

¿Quién determina la velocidad de las horas? ¿Quién se hace cargo de regañarlas cuando se distraen para volverlas a su ritmo normal?

Hay un tema con las horas y es que no les interesa nuestro apuro. Dirán que es psicológico -como la preocupación por la caída de las cenizas (¿se acuerdan?)-, dirán que es una sensación -como la de “inseguridad”-, pero que molesta, molesta.

Que avancen.
Que pierdan conciencia, se atiborren de apuro.
Que salven esta tarde…




¿Y cuando es al revés? Cuando necesitamos esa pereza para aprovechar cada instante, cuando los minutos no alcanzan, cuando ellas se obstinan en seguir. Seguir avanzando. Mientras el día cae, la noche obliga, la madrugada amenaza.

Deténganlas, ya mis piernas flaquean
Que aguarden, que no está todo hecho
Que miren hacia atrás
Que salven esta noche...


Hay un tema con las horas, y es que son independientes. Indomables. Ajenas a nuestras presiones. Quizás no quede más que rendirnos ante ellas y, ante su capricho, enarbolar bandera. Sean ustedes libres de marchar a su gusto. Ya encontraremos la manera.